30 d’agost de 2015

Susan George: Pueden hacer lo que se les antoje







Al preguntarle a Susan George qué han aprendido los bancos del colapso financiero de 2008, su reacción es inmediata: “pueden hacer lo que se les antoje”.



Siempre optimista, no creí que los bancos salieran de la crisis de 2007 a 2008 más fuertes que antes, sobre todo en términos políticos. Es verdad que algunos han pagado  multas que hacen tambalear –un total de 178.000 millones de dólares para los bancos estadounidenses y europeos- pero estos consideran que dichos desembolsos son ‘los costes de hacer negocios’. Ninguno de los ases industriales ha pasado ni una sola noche en prisión ni ha tenido que hacer frente personalmente a ninguna multa.
Aunque no nos hemos librado todavía de las réplicas de 2007 y 2008, los políticos y los propios banqueros ya están preparando el escenario para la próxima crisis. Los matemáticos han expuesto la densa telaraña interconectada de actores financieros mundiales en la que el fallo de uno de ellos podría desencadenar el colapso de todos. Nos han colocado en el filo de la navaja y tenemos buenas razones para ser pesimistas:
  • Los Gobiernos y las instituciones internacionales no han demostrado ninguna intención de regular los bancos, lo que nos expone al peligro de tener que soportar una repetición de la jugada. Los bancos y banqueros no solo son demasiado grandes para dejar de funcionar y que se les encarcele, sino también para que se les trinque; se permiten hacer lo que les dé la gana.
  • Se ha rechazado sistemáticamente la implantación de dispositivos de seguridad en el sector financiero. No se ha producido la necesaria separación entre los bancos comerciales y los bancos de inversión (lo que impediría que la industria utilizara el dinero de los impositores para especular). Durante más de 60 años, la ley estadounidense Glass-Steagull del New Deal los separó, protegiendo el sistema financiero nacional. Cuando se derogó en 1998 bajo el mandato del Presidente Bill Clinton –con un gran empujón de su Secretario del Tesoro, Robert Rubin, ex Goldman Sachs- se tardó menos de una década en producirse la caída de Lehman Brothers y la quiebra devastadora del mercado. Los políticos no atienden a razones sino al lobby bancario. Asimismo, los requisitos de reservas (capital) de los bancos siguen siendo demasiado bajos. No se ha aprobado ningún impuesto nuevo sobre las transacciones financieras. Todavía está en estudio un impuesto elaborado por 11 países de la Unión Europea.
  • Los volúmenes diarios de comercio de derivados y divisas han crecido en un 25 ó 30% en comparación con los niveles de antes de la crisis y suman billones cada día. Las operaciones anuales totales de derivados suman alrededor de 100 veces el Producto Mundial Bruto. El comercio automatizado propulsado por los algoritmos mueve este crecimiento, pero hasta las máquinas y los frikis matemáticos pueden cometer errores peligrosos.
  • Grandes cantidades de préstamos titulizados de riesgo podrían inundar una vez más las carteras de inversores institucionales. Esta vez no estarían asociados a las hipotecas subprime sino a lotes de otras categorías de deuda, como los préstamos a  estudiantes o consumidores.
  • En 2008, la especulación desenfrenada en los mercados de materias primas causó una dramática subida de los precios de los alimentos, sumándose 150 millones de personas a las filas de los hambrientos mundiales. Estas cifras no se repetirán ni este año ni el que viene: los precios del grano han caído en picado y 150.000 millones de dólares procedentes de Wall Street se han retirado de estos mercados en los últimos dos años. Sin embargo, otras leyes protectoras del New Deal se han revocado también y los mercados podrían una vez más ser objeto de apuestas sin límite en cuanto el cambio climático y la falta de alimentos hagan que los mercados sean rentables.
  • Los paraísos fiscales han triunfado. Estos benefician no solo a los más ricos del 1%, sino se especializan también en la evasión fiscal corporativa. Las corporaciones más grandes han dejado de pagar lo que les corresponde. Por ejemplo, las corporaciones francesas tienen anualmente un déficit fiscal de 60.000 u 80.000 millones de dólares. Las corporaciones se benefician de servicios públicos como la policía y los bomberos, la energía, el agua, el saneamiento, el transporte, la sanidad, la educación y la formación para su personal, y el Estado de derecho, pero no contribuyen a mantenerlos, de manera que estos se deterioran. Pierden los ciudadanos y las ciudadanas, y las necesarias infraestructuras. El escándalo Luxleaks –que desenmascaró la evasión fiscal de más de 300 corporaciones- demuestra que cualquier Estado miembro de la Unión Europea –con la complicidad de las cuatro grandes corporaciones contables- pasa por alto intencionadamente los países en los que venden y sacan sus ganancias para utilizar en su lugar los servicios de evasión fiscal de Luxemburgo. Los paraísos de las Islas Británicas contribuyen también a esta práctica. Se estima que el 25% o más de la facturación de los mayores bancos de la Unión Europea tiene lugar en paraísos extraterritoriales; nadie conoce con certeza esta cifra.
  • Encuestas realizadas por el Banco Central Europeo sobre los 130 bancos más grandes de la Unión Europea han encontrado que estos no apoyan la economía real, es decir donde la gente vive, trabaja, produce y consume. Las pequeñas y medianas empresas de la Unión Europea proporcionan el 80 ó 90% de todo el empleo disponible, pero siguen teniendo muchos problemas para recibir préstamos. Desde 2008, los bancos han endurecido sus condiciones de concesión de crédito. Finance Watch –un think tank progresista de Bruselas- afirma que solo el 28% de toda la actividad bancaria va para la economía real; lo que queda infla el sector de los productos financieros que reproduce el dinero sin pasar por fases tan aburridas como la producción y la distribución.
  • Es verdad que Estados Unidos ha sido testigo del crecimiento y la creación de empleo, pero más del 90% del valor de dicho crecimiento ha ido a manos del primer 1% más rico. El desempleo europeo sigue en aumento y en vez de crecer, la Unión Europea se desliza hacia la deflación.
  • Al llegar 2011, las ganancias de los bancos estadounidenses habían vuelto a los niveles récord de antes de la crisis. Ya en 2009, los nueve bancos estadounidenses más grandes repartían gratificaciones de un millón de dólares o más a más de 5.000 operadores bursátiles y banqueros, haciendo uso del dinero público de rescate. De esta manera, al menos 5.000 millones de dólares procedentes del dinero de los contribuyentes estadounidenses fueron a parar a individuos de la industria financiera. Sus homólogos británicos recibieron 20.000 millones de dólares en concepto de gratificaciones en 2010 y 2011, y los banqueros franceses recibieron otro tanto.
  • Las robustas gratificaciones contribuyen al gran salto hacia adelante de la desigualdad. Los lectores de esta revista seguramente han visto las comparaciones vertiginosas entre la parte que corresponde a los multimillonarios y lo que queda para el resto del mundo. Y si no, consulten las cifras de Oxfam o mejor todavía, los informes sobre la riqueza mundial que trepan por las alturas doradas donde moran no el uno por cien -¡vulgares perdedores!- sino el uno entre diez millones.
  • La lista de multimillonarios de Forbes de 2014 enumera a 1.542 terrícolas que pasaron el corte, con un volumen total de 6,5 billones de dólares. La desigualdad no es obscena solo en términos monetarios. En Desigualdad: Un análisis de la (in)felicidad colectiva, Richard Wilkinson y Kate Pickett han demostrado de manera indiscutible que la desigualdad tiene necesaria correlación con todos los fenómenos sociales desagradables y costosos, de la enfermedad a la violencia, la obesidad y las poblaciones carcelarias. Pero las finanzas están organizadas ahora de tal manera que al llegar al estatus de multimillonario, es bastante difícil perderlo.






Recompensas, recompensas
Los banqueros han aprendido también cómo organizar las instituciones internacionales con el fin de que se les recompense tanto en los momentos buenos como en los malos, por inversiones financieras geniales o desastrosas. De esta manera, Gobiernos de la Eurozona como Alemania y Francia aportan dinero al Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera; este da dinero luego al Gobierno griego (irlandés, español…) que a su vez lo da a los bancos griegos (irlandeses, españoles…) con el fin de que estos devuelvan los préstamos recibidos de los bancos franceses y alemanes.
La mayoría de las personas no se da cuenta de que los enormes ‘préstamos’ recibidos por Grecia de la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) entre 2010 y 2012 no iban destinados a ‘ayudar a los griegos’ sino a desviar el dinero a los bancos que habían comprado bonos griegos. ¿Y por qué se compraron bonos griegos? Es una buena pregunta: porque estos se tramitaban en euros, pero se pagaban a un interés algo más alto que, por ejemplo, los bonos alemanes, que se tramitaban también en euros.
El trabajo de la Troika es por tanto asegurarse de que se devuelva el dinero a los bancos, al tiempo que se asocien a estos planes de rescate indirecto las condiciones drásticas de la austeridad. Los bancos pueden todavía perder algo en sus inversiones en los países europeos del Sur o la periferia, pero no tanto como si lo hicieran sin la puerta giratoria de la Troika.
Los pueblos –que no crearon la crisis- deben en cambio padecerla. Hasta cierto punto se pueden medir el hambre creciente, los cierres de hospitales y escuelas, la violencia y la migración de los jóvenes, pero las verdaderas consecuencias para incontables seres humanos sin responsabilidad no pueden cuantificarse. Cuando dije que los bancos han aprendido que pueden hacer lo que se les antoje, no era un recurso retórico…
Y llegamos al punto en el que el lector dice “vale, ¿pero qué podemos hacer?” En general las respuestas se conocen y muchas de ellas consisten en hacer lo contrario de lo que se resume arriba. Separar los bancos comerciales de los inversores, gravar las transacciones financieras, proscribir las jurisdicciones fiscales ilegítimas, que Luxemburgo desmantele su protectorado corporativo, negarse a firmar la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP por su sigla en inglés).
Cambiar las reglas del Banco Central Europeo (BCE), que no presta a los países, sino solo a los bancos privados. Estos piden prestado al BCE a menos del 1% y luego prestan a los países al mayor tipo de interés posible –a veces más del 6%- lo que constituye otro regalo a la banca. El BCE debería prestar directamente a los países al 1% o menos y deberíamos disponer de eurobonos conjuntos.
Las políticas de austeridad deben desecharse porque no funcionan, ni humana ni económicamente. Los europeos del norte no entienden esto: la palabra en alemán para deuda es Schuld, que significa también pecado o culpa, pero la crisis continuada no trata de la moralidad. Necesitamos menos golpes en el pecho (el de otros) y más economía inteligente. En palabras de un economista alemán que escribía en The Financial Times: “Hay dos tipos de economistas alemanes, los que no han leído a Keynes y los que no lo han entendido.”
Hay que recordar primero que la deuda soberana no se parece en absoluto a la de una familia. De hecho, a lo largo de la historia, la mayoría de la deuda soberana se perdonaba; en todo caso, como dice el economista y académico estadounidense Paul Krugman: “hay que vigilar los flujos no las acciones”.
Mientras los países siguen haciendo frente a los pagos de intereses, tendrán deudas eternamente. Las naciones no desaparecen. Grecia, por ejemplo, tiene un superávit presupuestario si se substraen los pagos de intereses y se puede pagar el interés al 1%. Grecia debería también recortar drásticamente su presupuesto militar, gravar a la Iglesia –el mayor propietario de terrenos e inmuebles- y como dice el partido gobernante Syriza, “perseguir a la oligarquía.”
Si la próxima crisis llega a suceder de verdad, será inmensa y mortalmente peligrosa para la gente común, que podría perder sus ahorros, seguros, pensiones y demás. No estoy proponiendo que se habiliten refugios antiaéreos al estilo de 1950, el acaparamiento y un revólver en cada hogar, pero no haría daño empezar a desarrollar sistemas sociales más resistentes y una mayor autoconfianza. Las personas funcionan bien cuando cooperan entre sí y lo hacen instintivamente o por necesidad cuando tienen que enfrentarse a un colapso económico, como hicieron los argentinos hace 15 años o lo hacen los griegos hoy. Organizan comedores populares, huertas comunitarias, clínicas de salud solidarias, cuidado de niños, monedas sociales, soluciones habitacionales y demás.
Sobre todo, necesitamos enfrentarnos a la mortífera ideología neoliberal que ha contaminado el pensamiento y la acción mientras los bancos pueden hacer lo que se les antoje.
Autora:  Susan George
Publicado originalmente en  New Internationalist Magazine
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